Salud

La tormenta de sonreír bajo una mascarilla

todaymarzo 26, 2021 348 13 5

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Escrito por Johan Dianderas: 

Desde siempre, he sido una persona que se interesa por la salud mental, y muchas experiencias me han enseñado a cuidarla y velar por ella cada vez más. En tiempos de pandemia, la imposibilidad de disfrutar nuestra vida con toda la tranquilidad posible ha hecho que muchos de nosotros caigamos en vacíos profundos. Algunos hemos sido netamente vulnerables; otros, fuertes. Hoy día quiero compartir con ustedes esta crónica en la que cuento la historia ficticia de Gabriel, quien sufre del abismo psicológico que trajo el Covid-19, pero que encuentra en un viejo amigo un impulso para salir adelante. Quiero agradecer al Dr. Rafael Enrique Azócar Prado, psicólogo del Poder Judicial de Tacna, por brindarme una entrevista vital para hacer posible este texto.

26 de marzo del 2021. Gabriel despierta de su cósmico sueño. La lejanía con su ventana no le permite ver bien lo que ocurre afuera. Se acerca, la abre y percibe una gran bulla de muchachos en el parque grabando videos. Sin embargo, hay un problema: la mascarilla es usada como un juguete en sus vidas. Gabriel ostenta de poder vivir cerca a la Avenida Larcomar, residencia preciada por muchos en este país. Desde siempre aquel lugar como muchos en el Perú han sido epicentros de experiencias inolvidables. De los chicos salían a lucir las sonrisas más expresivas en los atardeceres de cada rincón del Perú. Sin embargo, cayó una pandemia en el planeta, la cual se llevó nuestra libertad plena. Gabriel sabe que los tiempos de cuarentena han acabado, que las actividades al aire libre están permitidas, pero que la vía del contagio no ha desaparecido. La mascarilla, el alcohol y el protector facial se han convertido en compañeros de viaje por todas nuestras rutas. Ni siquiera la nobleza de Gabriel de 18 años puede hacer que corrijan su error estos jóvenes, quienes solo siguen viviendo el momento. Solo hay una explicación de lo que yace en ojos silenciosos en tiempos en los que las restricciones han cambiado y cambiarán nuestras vidas para siempre: Sonreír bajo la mascarilla está siendo de las tormentas más complicadas en el último año y ha recaído sobre nuestra salud mental. 

Son las ocho de la mañana y Gabriel no ha tomado desayuno. Él mañana inicia su quinto ciclo de universidad, pero la emoción no lo consume de pies a cabeza. Todo lo contrario ocurría en un tiempo atrás, cuando la cuenta regresiva para el retorno a clases era infaltante en él. Día a día, noche tras noche, solo quería entrar a esa atmósfera jodidamente divertida con sus amigos en la que sus miedos se apagaban, porque era él mismo. “La vida social es, en buena cuenta, un mecanismo de construir tu personalidad, tu estilo”, menciona Enrique Azócar, psicólogo del Poder Judicial de Tacna. Y es que esta etapa, al igual que otras en el pasado, era para Gabriel el trampolín a las “chacotas”, carcajadas, aventuras características de una etapa en la que muchos momentos quedan tatuados en tu mente. Su muñeca luce una pulsera que guarda el mejor regalo de su mejor amigo de la infancia, Brian, quien en uno de los muchos partidos de fútbol que jugaban en una cancha de tierra se la dio alguna vez. Azócar señala que cada encuentro físico con esa persona que conocíamos en un pasado se llamaba refuerzo. Así, tomando una gaseosa, charlando, cantando por las calles; Gabriel y Brian lograban forjar esos lazos que hacían de la química un festival móvil en sus vidas. En la actualidad, al alcance de este estudiante de 18 años solo está prender su celular, entrar a la galería y quedarse embobado un buen rato recordando dichas experiencias en fotos. Por ende, las amistades son las primeras víctimas en esta pandemia y nos hace caer en el sendero de la desesperación.

Gabriel termina de tomar el desayuno. Camina hacia su cuarto. Sus manos cogen el celular, pero sudan mucho. Los nervios lo consumen en demasía. Por la cabeza del joven universitario la incertidumbre y la angustia se acentúan con mayor fuerza cada vez más. Gabriel se tira a su cama. “Aquellos que juraron estar en las buenas y en las malas no están más. Solo pocos se dan el tiempo de mandar ese mensaje de aliento que me da fuerza para mis días”, reflexiona Gabriel. Enrique Azócar no duda que siempre la vulnerabilidad estuvo más cerca de un grupo de jóvenes que de otros, y que se ha reflejado mucho más con el aislamiento. La depresión ha estado más cerca de ellos y los ha azotado como el peor terremoto de sus vidas. No obstante, el periodo más doloroso para Gabriel fue quedarse aislado en el inicio de la cuarentena en Perú, con la lejanía de sus padres, quienes estaban de viaje. Si existen “otros” que pudieron resistir mejor esta coyuntura, ¿Dónde encontró este grupo su fortín de inspiración para seguir adelante? Azócar resalta que el papel de la familia es fundamental en estos duros momentos. Gabriel coge su celular y quiere timbrar a su padre. En estos meses, solo las llamadas le han permitido comunicarse con sus padres, pese a que solo sea por un rato al día. Pero es que son esas palabras de aliento de la madre las que pueden generar impulso. Son esos ánimos del padre los que motivan a seguir en pie de guerra psicológica. Son esas muestras de motivación las que dan armas para afrontar un nuevo capítulo de la pandemia cada día. 

Los padres de Gabriel no contestan. Claro está que su cabeza está llena de tanta exasperación que se le olvidó el horario de sus empleos. Todo suma para su infierno psicológico: El encierro, las noticias del aumento de casos, de los escándalos por la gestión de las vacunas, de lo abruptamente terrible que exponen sus ideas quienes quieren llegar a la presidencia. Un volcán dentro de una jaula significa el cumplir el “#QuédateEnCasa” para Gabriel. Y es que Enrique Azócar justifica que esta pandemia se enfrenta a que la información está más difundida que hace 100 años, pero que la misma causa pánico y perturbaciones mentales. Buscar la tranquilidad interna es un logro en todo su sentido, y mucho más aún si se combate con “fake news” o noticias falsas que sólo alertan estúpidamente a la población en cuanto al contexto. “Ya basta”, “¿Cuándo rayos va a terminar esto?”, “Pasan los días y no encuentro paz aquí desde el encierro”, fueron algunas de sus palabras, mientras el sudor de Gabriel corría por su rostro. Su fiel acompañante es la melodía de las canciones de Arctic Monkeys, pero que a la vez no lo transporta a ese concierto de la banda inglesa que vivió con sus queridos dos años atrás. Gabriel patea la puerta, y no por caer en impulsividad, sino por ansias de que este contexto acabe de una vez por todas. Simplemente, aquella comba mental llamada “pandemia” aturdió la chispa de algunos de nosotros en el camino hacia nuestros sueños, y no todos hemos logrado levantarnos. 

Llega la hora del almuerzo. Un deambulante Gabriel, quien ha dado un sinfín de vueltas en su cabeza por 2 horas, ni siquiera se ha fijado en qué comerá. Poco parece importarle. Sale de su casa y camina hacia la bodega más cercana. En toda esta etapa, el mejor calmante para un tipo como Gabriel en estos momentos es una lata de Four Loko. Sí, y no es raro sabiendo que, como menciona Azócar, la vulnerabilidad psicológica genera una perdición en distintos vicios: consumo de bebidas alcohólicas, tabaco, adicción a los videojuegos, etc. Así, el cuarto de Gabriel, aparte de desordenado y mal oliente, ha estado abarrotado por botellas de alcohol durante todo el verano. Sus padres lo regañarían enfurecidamente al modesto universitario. Sin embargo, mientras él termina de pagar, ve que más personas se acercan y piden que se apure. “Estos van a hacer una fucking fiesta en la casa de allá”, dijo Gabriel sigilosamente. No había duda: una fiesta de día se estaba cocinando en una lujosa casa. Así como unos cumplen el distanciamiento, como señala Azócar, existen otros que no les importa, y son carcomidos por la culpabilidad de haber contagiado a un pariente luego. El joven de 18 años puede tener muchas gotas de alcohol en su sangre, pero nunca tuvo una de remordimiento por hacer daño a alguien en tiempos de pandemia. He ahí el panorama incierto en el que Gabriel se desplaza todos los días. Su fortaleza es el aliento de sus padres, pero desde sí mismo nacen sensaciones de frustramiento y cólera que golpean su estabilidad emocional una y otra vez. ¿Qué más puede hacer el funesto joven?

El día solea los ojos fríos de Gabriel. Mientras retorna a su hogar, el sonido de sus botas  llama la atención de un gran cachorro. Él se agacha a acariciarlo. La cola del perro se mueve de lado a lado, en señal de ánimo al tope. Era extraño pero tan memorable para el joven de 18 años que un animal le ladrara y salte por él. Parecía que había hecho un gran amigo de manera tan espontánea como la manera en la que se declaró a su primera enamorada hace tres años. Para Enrique Azócar es innegable el papel que han jugado las mascotas para la población en tiempos de crisis sanitaria. En tiempos de soledad, un simple maullido o ladrido de un gato o cachorro simboliza compañía y fuerza. Esos dos elementos que se resetean con la desesperación por que la coyuntura acabe ya, vuelven al ruedo con el apoyo del inocente y tierno animal. Gabriel no puede parar de pasar sus manos por el suave pelaje del can; sin embargo, una voz gruesa dice, “Brad, ven aquí”. Era su dueño, cuya voz le parecía familiar. De pronto, volteó la mirada; se paró y los ojos se le agrandaron. La duda le duró solo 5 segundos para darse cuenta que era su viejo amigo, Brian. Todo rebotó en ese momento. El cuerpo de Gabriel estaba en Larcomar, pero su mente viajaba por los charcos de agua donde jugaban partido de pequeños, por las travesuras en las aulas de primaria y por la última vez que lo vio. Entonces, paso a paso, segundo tras segundo, solo repetía el nombre de su antiguo amigo, quien, pese a la tormenta de sonreír bajo la mascarilla, mostró en su muñeca el par de aquella pulsera que le regaló de pequeño. Lo sublime ocurría en las calles, y ahora el COVID-19 no era rival para un reencuentro inesperado. 

Gabriel y Brian ansían abrazarse. Aunque es imposible, eso no frena la energía y cariño que se transmiten en plena vereda. “¿Qué ha sido de tu vida, loco?”, pregunta el dueño del cachorro. Emocionado, palpitante, feliz; Gabriel le empieza a explicar todo lo que ha estado soportando en el último tramo de su vida. Sinceramente, Brian está siendo ese pañuelo de lágrimas que tanto necesitaba Gabriel en medio del vendaval de problemas que lo aquejaba. “¿Por qué nunca intentaste contactarme por internet? Sé que no iba a ser lo mismo que desde hace años, pero también te extrañé, hermano ”, dice Brian luego de escucharlo. Lo que Enrique Azócar indica con respecto al impacto que han recibido las amistades por tiempos es una alternativa propia de nuestros tiempos: el uso de la tecnología. “El internet está haciendo más llevadera la pandemia”, dice el psicólogo, quien añade que muchos lazos se han podido mantener, así como otros no. Es aquí donde Gabriel pone la lupa sobre el significado de la verdadera amistad. Brian camina relajadamente al lado de un exhaustivo y fulero Gabriel, quien arremete contra todos los males que lo estresan. Repentinamente, Brian se detiene; calla a Gabriel y suelta una pregunta cortamente retumbante: Si vuelvo a tu vida, ¿qué certeza tienes de que te esforzaras por ti mismo?. Gabriel, helado y estático, no entendía qué quería decir con ello. “La motivación interna para hacer frente a esta crisis es importante”, postula Azócar. Sinceramente, es un tema muy complicado la confianza en sí mismo. Sin embargo, no deja de ser relevante que estar confiado de salir airoso de esta situación es un plus en toda su expresión. 

Brian y Gabriel caminaron juntos hacia la casa del último, quien desvió su atención a sus dudas sobre qué tanto empeño estaba poniendo en sí mismo. De pronto, Brian le puso la mano en el hombro, y le dijo que no se voltee. “¿Qué pasa, hermano?”, dijo raramente Gabriel. Su amigo de la infancia se había sumergido en un mar de incertidumbres por lo que era mejor para Gabriel. De pronto, la reflexión salió de la profundidad de las palabras de Brian, las cuales el joven de 18 años nunca iba a olvidar. “Yo he extrañado dibujar en mi cabeza esos momentos inolvidables de nosotros siendo tontos en primaria. Yo he extrañado escucharnos el uno al otro en atardeceres algo sofocantes como este. Yo he extrañado saber cómo está mi héroe favorito, como te decía en primaria, ¿recuerdas?, ¿recuerdas por qué lo decía?. Era el apodo perfecto para ese chico que vencía los miedos, se lanzaba a hacer el ridículo y no temía a lo que otros dijeran. Se lo decía a ese tipo que, en medio de problemas tormentosos de sus padres, se rajaba y esforzaba por sacar las mejores calificaciones para dar al menos un sorbo de alegría a sus padres. Se lo decía al tipo con la energía más admirable de este planeta. Y ahora aterrizó a tu mundo de nuevo y te pido que confíes en lo que eres: tu propio héroe. Que la confianza irradie de ti una vez más, que busques maneras de sobresalir y aquí está mi amistad fiel si puedo ser tu soporte. La pandemia no vencerá al joven soñador que conocí, y lo sé, porque te quiero, hermano y sé de lo que eres capaz”. Con los ojos entre lágrimas, Gabriel volteó y le dijo a Brian que sería el más fuerte de nuevo. Finalmente, ambos se dieron un puño lleno de amor en medio de una pandemia que tenía un nuevo contrincante: una aurora de confianza para avanzar pase lo que pase.

Written by: Johan Dianderas

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