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Lo inexplicable

todayabril 3, 2021 58 4 5

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En tiempos de desesperanza, muerte y mal augurio, las personas tienden a aferrarse a algo que les permita sentir que el mañana será mejor. Es la naturaleza humana de la supervivencia ante el sentimiento de desolación, sea cual sea la situación. No hay manera correcta o equivocada de apoyarse en algo, pues cada persona es un universo diferente de ideas, sentimientos y sensaciones, solamente existe la manera de querer un futuro diferente. Especialmente ahora.

La religión ha sido, por muchísimos años, una de las cosas intangibles que más le ha servido a la gente al momento de apoyarse en algo, de esperar por un milagro. Claramente, tiene que ver con la manera en que la religión es un tema que se le introduce a uno desde que nace. En el Perú, por ejemplo, es una práctica común bautizar a los niños. Mientras más pequeños, mejor. Tal vez por eso un 76% de los peruanos se identifica como católico, según el Censo de Población y Vivienda, realizado por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en el 2017. No obstante, no es la única religión que se profesa en el país, pues un 14,1% son evangélicos y un 4,8% tiene otro credo. Evidentemente, el Perú es un gran templo que alberga a miles de fieles.

Desde el 11 de marzo del 2020, día en el que fue declarada la pandemia de la COVID-19 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), las personas no solamente han estado esperando el milagro de la ciencia, sino también el de la fe. Las grandes potencias no han podido controlar la enfermedad y han visto sus sistemas de salud colapsar. Si ellos están mal, el Perú está peor. Miles y miles han muerto esperando una cama UCI, esperando oxígeno, esperando un milagro. ¿Qué más se puede esperar mientras se está esperando? Algo que esté fuera de la explicación científica y racional, porque eso es lo único que se puede hacer, es lo único en que se puede pensar cuando ya se ha agotado todo lo demás. Las oraciones se han trasladado a los hospitales, a las casas, a las habitaciones, incluso a las redes sociales.

“Por favor, oren por mi padre”. “Por favor, oren por mi madre”. “Por favor, asistan a la misa virtual por la salud de mi abuela”. Seguramente, son algunas frases que más se han escuchado durante el primer año de la pandemia, las palabras que más se han pronunciado durante este periodo de incertidumbre. Aferrarse a esa pequeña esperanza de que un destino fatal puede cambiar de rumbo gracias a un poder celestial, ha sido, tal vez, la última carta que quedaba sobre la mesa de los que la han estado pasando mal. Confiar en que el Dios en el que creen va a hacerles el milagro de salvarlos o de salvar a alguien más de la inminente muerte, ha sido, tal vez, el mejor remedio para calmar la desesperación.

“Gracias a Dios, estamos bien”. “Gracias a Dios, no pasó a mayores”. “Gracias a Dios, me recuperé“. Seguramente, son algunas frases que los afortunados han tenido la dicha de vocalizar, de comunicar, de gritar. Ellos, a quienes su Dios les hizo el milagro. Seguramente, contra todo pronóstico desalentador. Seguramente, al borde de la línea entre el aquí y el allá. Seguramente, incluso, por primera vez. Porque sí, porque este panorama ha movido hasta a quien nunca creyó en nada y estaba incluido en ese 5,1% que anteriormente declaró no tener religión en el Censo de Población y Vivienda, realizado por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en el 2017.

Sea cual sea la religión que profesamos, sea lo que sea en lo que creamos, todos nos apoyamos en algo que sobrepasa los límites humanos, en algo que nos ofrezca una posibilidad de lograr lo imposible. ¿Por qué? Realmente no hay un porqué, solamente hay esperanza. Y mientras hay esperanza, hay vida.

Written by: Jhosselyn Molero

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