El presidente Castillo dio un muy mal paso con la elección de su gabinete y, más, con el premier. Sobre todo, porque lo hizo en silencio y además se demoró mucho. Dio a entender que fue muy improvisado, por las fechas que se manejaban para la ceremonia de juramentación; y hubo un choque de fuerzas, también de último minuto, una crisis interna, que se notó en la renuncia anticipada de Pedro Francke y Aníbal Torres en las carteras de Economía y Justicia, respectivamente. Ellos terminaron juramentando, pero el daño ya estaba hecho: Dos ministerios importantes se quedaron sin cabeza, y El Comercio tenía material para sus portadas del día siguiente.
Se sabía que el Congreso iba a machetear a este grupo, la confianza al gabinete se avizoraba como una cacería. Pero esto le dio motivos, a los congresistas y a la prensa, para echar raíces, de nuevo, de su maquinaria investigadora, esa que ya quedó obvia a nuestros ojos, que siempre le hurga en los recovecos de la vida profesional y privada de los personajes que no cumplen con el perfil de asaltantes del Estado (a favor de sus intereses). El primer caído fue Héctor Béjar, el canciller que ha sido cuestionado por declaraciones sobre el terrorismo y su relación con la CIA en donde, según él, el primero encuentra su génesis. Un comentario desafortunado e inoportuno, ya que estamos en un momento en el que cualquier palabra se puede malinterpretar o extrapolar hasta el punto de ponerle un arma en la mano y sentenciarlo, sin juicio, de homicidios y apologías. La presión terminó en la renuncia de Béjar. Ya existía un pliego interpelatorio con Cuba y Venezuela por todos lados, unas preguntas pertinentes y otras que se parecen a esas que hicieron los congresistas en la entrevista a los candidatos a magistrados del Tribunal Constitucional. Se venía una payasada, un circo. Se frotaban las palmas los congresistas que querían impresionar a la opinión pública, que seguramente estaría a la expectativa de la sesión interpelatoria, con preguntas subidas de tono.
El presidente Castillo era consciente de que esto pasaría. Iban a cuestionar a todos los miembros del gabinete. A unos más que a otros, según los intereses de la prensa. Pero al final se intuye que llegará la confianza al grupo que con esta renuncia ya perdió a un blanco de ataque, y posiblemente lo seguirán maquillando para evitar futuros destapes y golpes. La táctica sería patente, interpelar a cada uno, para no perder una de sus dos vidas (negaciones de confianza), mientras dejan que Castillo y su gente se vayan cayendo por su propio peso. La fuerza de gravedad sería la prensa, que no actúa inocentemente. El presidente se está equivocando, pero parece que adrede.

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