Escribe: Johan Dianderas
Agosto se empezó a pintar de un color melódico que ya no se limitaba a los hogares. Desde hace un año y medio, producto de la pandemia, mi televisión estremecía las lunas delicadas de mi casa. Era un melómano a mil por hora. Disfrutaba de las piezas musicales mientras barría, limpiaba la mesa o disfrutaba la comida. No había excusa para no subir los decibeles. Sin embargo, las vibras de la música tienen su paraíso en los conciertos, recintos de euforias, lágrimas y el sinfín de emociones que miles han vivido. Estos eventos, de a pocos, han estado de vuelta en la reactivación cultural, un plato que nunca se debe dejar de probar. De pronto, un amigo de primaria me invitó a la aventura de un concierto el 14 de agosto, dos días antes del inicio de la universidad. Tocaría Libido, el éxito musical del rock peruano del siglo XXI; y el viaje Lima Norte-Barranco me iba a resetear la mente al caer la noche.

Me encontré con mi amigo a las 4 pm en Pro, el barrio en el que di mis primeros tropiezos y pasos. Nos habíamos visto meses atrás, pero la verdad es que pasamos 9 años sin vernos. Lo más valioso es saber que una amistad que se marchitó por lejanía puede volver a florecer a su debido tiempo. Nos subimos al Metropolitano y empezamos a hablar del tema de fondo: la música en nuestros oídos. Pocos como él tienen un paladar melódico-lírico tan apasionado que dan ganas de charlar por horas. La sensación de adentrarte en la historia que se cuenta en una canción, como una poesía con más ritmo, ha identificado a todos alguna vez. Sería su primera vez yendo a un concierto; por mi parte, la segunda. Semanas antes del inicio de la pandemia, pude ir al Alternative Music Fest en el Parque de la Exposición, donde se presentaron un menú de bandas rockeras y cumbiamberas. Libido, We the Lion, Mar de Copas y más grupos pusieron la fiesta. Fue una nota para recordar, pero, desde entonces, mi incertidumbre me decía: ¿Y si perdí mi tiempo sin saber lo que es perderme un recorrido musical que solo ocurre yendo a los conciertos? De repente, la vida puede ser efímera y mi juventud se habría esfumado.

Los destinos de los pasajeros eran diferentes, pero no tenía duda que la explosión de estrofas vehementes se presentaría en el mío. Mis gustos musicales siempre fueron variados y así solo tenía dos conciertos en mi vida. Qué rabia irónica. Sin embargo, el rock es esa galleta que tendrá el mismo sabor en el público pase los años que pasen, lleno de rebeldía, directo al sentir de ese público incomprendido. Es aquel género que se va renovando con nuevos matices, pero que nunca defraudará a sus fieles oyentes. En ese sentido, parado y tomado de un pasamano del Metropolitano, solo me puse a pensar cómo Libido ha podido construir su historia en base al rock armonioso y explosivo que guardan sus letras pero que en los últimos años migró a la adquisición de nuevos elementos de otros géneros como la electrónica. Ganadora de dos premios MTV y habiendo participado en festivales musicales importantes en todo Latinoamérica, la banda liderada por Salim Vera y Manolo Hidalgo prometía llevar la noche de Barranco a un viaje cultural único. En el bus, el volumen ya estaba alto por supuesto.

Pisar Barranco es besar el arte con la mirada al frente. Rayos de luz o brisas frías pueden ser acompañantes en la caminata, pero el folklore musical, las paredes artísticas o los lugares históricos no se desligarán jamás de la experiencia. Tras disfrutar por hora y media la paz barranquina, nos dirigimos al Centro de Convenciones de Bianca. Mientras llegábamos, pudimos ver varias personas con polos de Libido. No eran una muchedumbre, pero eran suficientes como para oler el aroma a concierto. De pronto, ingresamos al local y nos tocó hacer la espera a metros del escenario. Primero se subieron “Los Carpinteros”, los teloneros, para hacer ver lo emergente de su música y hacerse conocidos. Terminaron a las 8 y 30 de la noche. De pronto, la oscuridad se impuso al medio y no noté quiénes estaban saliendo. Segundo a segundo, yo y mi amigo sabíamos que el momento en el que los parlantes explotarían se acercaba. Pude ver formalidad en la vestimenta de Juan Pablo del Águila, guitarrista, Antonio Jáuregui, bajista eléctrico y Manolo Hidalgo, fundador histórico y guitarrista. Una cabeza carente de cabello de Hugo Ortiz, el baterista, se asomaba y captaba mi mirada, pues su sonrisa decía: “Hasta las últimas consecuencias hoy, señores”. Pero lo llamativo enganchó con mi retina ni bien aprecié ese conjunto beige de un saco y un pantalón casi desparramado. La lucidez de sus lentes oscuros sumado a una caminata que disfruta el viaje a la locura me decía quien era: Salim Vera. Sin duda, las notas musicales iban a ser los aerosoles de la diversión. No podía esperar más.

“Mirar atrás, querer borrar el pasado ¿Cómo atrapar el viento en mis manos?”. Así iniciaba el show, con “Y vuelves a aparecerte”, canción de “Amar o Matar”, su último disco en el 2016, por el que la piel de los asistentes se erizó en un abrir y cerrar de ojos. Automáticamente, ese calor se adentró en mi cuerpo y la adrenalina que brotaba en el Centro de Convenciones, lamentablemente, se quedó en los asientos de todos. ¿Disfrutar en la comodidad de las sillas? Solo hasta que se supere la pandemia, pues la conexión con el ver a Salim dejándose llevar, Hugo tocando apasionadamente sus platillos y esos riffs clásicos de los guitarristas invitaban a saltar. “Frágil no no se ha vuelto fácil, mandarlo al olvido, a un frío cañón”, era el prólogo de un clásico de aquellos de “Pop Porn”, el tercer disco de la banda. Entonces, mi amigo no podía parar de gritar a todo pulmón con una mirada furiosamente placentera. Verso a verso, letra a letra, estaba reventando el lugar y no me imaginaba lo que sería sin restricciones. Salim decía que sentía más nervios “que la putamadre”, lo que yo no le creía siendo testigo de su extroversión. Daba gusto ver que estabas en una atmósfera donde las personas compartían tu bailar interno, en lo más profundo de tu mente y que se apoderaba de tu cuerpo. Salim bailaba “Pero aún sigo viéndote” en el estrado y todos inclinándonos de un lado para el otro sin freno. Esa es la algarabía del vivir musical, manipula tus sentidos y despeja tu caos para llevarte a otro universo.

“Hembra”, “Tan Suave”, “Monos” y más temas que solía reproducir en Youtube fumigaban el local de los problemas personales de cada uno y alimentaban la droga musical de cada uno. Las luces fueron píldoras que al consumirlas en el show te sumergían en emociones indescriptibles. El volumen jamás era suficiente. Mi amigo no sabía de todo el repertorio de Libido, pero no por ello dejaba de contagiarse de la energía del recinto, así que tarareaba a su estilo. Pícaro, seductor, seguro; Salim bajó del escenario para saber lo que es el contacto con sus fans. De repente, las ovaciones eran vitaminas para él: se acercaba cada vez más a quienes en sus mesas ni se imaginaban el inesperado cara a cara. Llegó la última “rola” de la noche. A esta banda históricamente no le han importado las etiquetas negativas del fuego de su talento. La locura es un requisito indispensable que yo y mi amigo también trajimos a Barranco. Las mascarillas quisieron callar nuestros gritos, pero no las dejamos entrometerse en el éxtasis, así estemos en el ahogo.

Foto: Lumina Stella Film’s
Así es como todos fuimos testigos de “Libido”, el nombre de la banda, del primer disco y de la canción más potente que puede desmoronar cualquier luna por terremoto que produce. Y eso fue la noche, un episodio donde el COVID quedó atrás, donde las restricciones se respetaron, pero que no hicieron caer el sismo de goce que Libido proporcionó a todos esos fans que vinieron de cerca o de lejos. En el aire no solo habitaran esas malditas partículas que amenazan la vida cada día, sino también las memorias de esa épica noche. Sea Libido u otra banda, sea la música u otro arte, la cumbre de la felicidad también debe ser el manjar de la cultura, porque sino “No trates de volver aquí que estoy loco (…)”.
Video: Khaled Tello
*Vale decir que durante todo el concierto se promovió el uso del distanciamiento social y el uso debido de la doble mascarilla por parte del local.
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